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© Peter Beard

Peter Beard, de los últimos románticos.

En 1999, ya era mayorcito, aunque con 21 años seguía siendo lo suficientemente joven e impresionable como para llegar a escribir cuadernos enteros con anotaciones sobre rutas y planes de viaje hacia África, y de comprarme con gran esfuerzo una Canon EOS-3, con la que pensaba inmortalizar los rincones más profundos y salvajes del continente olvidado, después de ver una exposición de Peter Beard. No sólo era, para mí, un fotógrafo admirable sino un personaje carismático, rico y aventurero que parecía sacado de una película de los años dorados de Hollywood. Descubrí que él era quien yo quería ser.

En aquella época estaba haciendo mis primeros cursos de fotografía, leía y compraba bastantes libros de fotógrafos e iba a cuantas exposiciones podía; tenía escasas referencias sobre Beard, y la mayoría eran simples notas del anecdotario, extenso por cierto, de la vida del fotógrafo. Quizá por eso, las ganas de poder conocer un poco más de su trabajo eran enormes. Gracias al festival PHOTOESPAÑA de aquel año, se organizó en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid una exposición del artista titulada “Estrés y Densidad”. Si me hubiesen pedido opinión, yo la habría titulado “Esquizofrenia y Densidad”, pero tanto del fotógrafo como de quien decidió “decorar” la sala con animales disecados del propio museo y añadir una música tribal para cargar un poco más los sentidos. Las fotografías no necesitaban mayor ambientación, eran tan expresivas que se podía oler lo que se estaba viendo, sufrir el calor, o masticar el polvo y la furia de los trazos de sangre, tinta y otras sustancias sobre la copia impresa. Obras únicas, excepcionales como testimonio fotográfico aislado, pero asombrosas y cautivadoras como lienzo frenético o collage exhuberante. Algunos críticos prefieren al Beard neoyorquino, canalla y gentleman, relacionado y partícipe de la alta sociedad artística reinante, Bacon, Warhol, Capote, Jagger… capaz de manejar superproducciones de moda al nivel de Avedon o Newton. Muchos otros, críticos o aficionados, preferimos al Beard africano, ese fotógrafo comprometido que denuncia la degradación del continente y muestra su belleza cruel e indomable, ese personaje que tachan de extravagante por inmortalizar a modelos junto a elefantes sin ver que tras la escena se arroja una ironía tan fina como cortante.

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© Todas las fotografías/Peter Beard

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Aquella exposición la visité en cuatro ocasiones en el plazo de un mes y medio, nunca terminaba de descubrir nuevos detalles, esas fotografías te atrapan, y te abofetean para espabilarte, como el hermano diez años mayor que te da una colleja para hacerte reaccionar. Sí, el estilo de Beard es denso, rico, y crudo a la vez, pero una de las mejores motivaciones para que intentemos hacernos mejores fotógrafos; de esos que narran historias que se graban en la memoria y en la piel, aquellos que trascienden los límites del olvido con su pasión por el tema, y con su amor por el oficio.

Deseo que puedas visitar alguna exposición de Peter Beard por lo menos una vez, no sé si me lo agradecerás, pero no te dejará indiferente. 15 años después debo seguir siendo impresionable, todavía quiero ser Peter Beard.

¿Te gusta su trabajo? No dudes en comentarlo.