La fotografía y la belleza de las pequeñas cosas.

Un fotógrafo argentino, excelente y modesto a partes iguales, con el que tuve la ocasión de hablar hace años, me dijo que él no se hizo fotógrafo hasta que aprendió a ver lo bello de su universo cotidiano, de su casa, de su barrio, de sus espacios rutinarios… Me dijo que empezó a sentirse fotógrafo cuando dejó de lamentarse por no poder acceder a lujosos o exóticos paisajes, cuando dejó de pensar que otras partes de la ciudad eran más hermosas y fotogénicas que las que él vivía y frecuentaba diariamente, que no se hizo fotógrafo hasta que comenzó a ver fotografías hermosas en los pequeños detalles de su humilde vivienda.

Me hizo pensar, y cada vez que veo una sombra de frustración por no poder acceder a una localización que he visto en otras fotografías, a un material fotográfico novedoso, o a cualquier otro elemento, recuerdo aquella reflexión. A veces, los fotógrafos somos unas bestias negras para nosotros mismos, poniéndonos límites constantes, con la excusa del equipo, de que nuestros modelos no son los mismos que aparecen en las revistas, o de que nuestra calle no es bonita, dejamos de hacer fotografías, dejamos de “ver”.

Quizá no tengas el equipo más caro, ni puedas permitirte todavía viajar a ese lugar soñado pero sí conoces perfectamente todo cuanto tienes alrededor, sabes a que hora la luz es más bonita en tu calle, siempre has pensado que hay un muro interesante detrás de tu casa y, desde luego, has jugado muchas veces con la luz que entra por tu ventana cuando estás desayunando: sabes cuando la luz es más dura, o en que momento su calidez te fascina… ¿Por qué no aprovechar todo eso?

Como decía aquel fotógrafo argentino, comenzarás a hacerte fotógrafo en cuanto aprendas a ver fotografías en lo más cercano, en aquello que nunca te ha llamado la atención, ni le has otorgado importancia alguna. No es necesario participar en una gran producción, tener a tu disposición impecables modelos de agencia, ni un paisaje de los que aparecen en las películas para coger la cámara y expresar tu pasión por la fotografía y por los pequeños momentos de tu día a día que alguna vez llegarás a echar de menos.

Ahora mismo tienes una gran ventaja, conoces a la perfección cada centímetro de tu hogar, cada sombra y cada rayo de luz, todos los rincones desde tu casa hasta la tienda donde compras el pan o el descampado donde paseas con el perro. No necesitas ir más lejos, enciende tu cámara ya y haz fotos, observa mucho y piensa en donde puede estar el detalle, por insignificante que sea, que te hará volver a casa con un recuerdo que tenga aroma a nostalgia, a sonrisa, sabor a metal oxidado… No encuentra el que ve, sino el que mira.

No se trata de fotografiar a diestro y siniestro, sin sentido. Aprende a mirar y, cuando viajes a ese lugar remoto o tengas delante a la persona que más has deseado fotografiar, tendrás mucho ganado. Todo a tu favor.

  • Otros Lugares

    Que bonita entrada, me ha gustado mucho. Comparto por completo esta filosofía. Yo no es que me sienta fotógrafa pues lo mío es pura afición, pero sí creo que veo las cosas cotidianas con otros ojos, podríamos decir que “miro de un modo consciente”. Hace poco les mostraba a unos amigos las fotos de un paseo que hicimos juntos, y me aseguraban no haber visto muchos de esos momentos (puertas, árboles…). Fotografiar lo cotidiano y que eso pueda transmitir y llegar a la gente creo que es mucho más complicado que fotografiar paisajes o escenarios que ya de por sí son espectaculares.

    • Revela2 Estudio

      Hola,

      muchas gracias por tu amable comentario y por la reflexión.
      A quienes nos gusta la fotografía tenemos, creo, la ventaja de que miramos el mundo y cuanto nos rodea de una forma mucho más activa y curiosa y apreciamos esos pequeños detalles o cosas, a menudo, inadvertidas que fotografiemos o no ayudan a construir y enriquecer la memoria de esos recuerdos.
      Personalmente, fotografiar cuanto tengo cerca me parece de lo más complicado, pero me esfuerzo para no convertir esas cosas en invisibles. Todavía así, dejo pasar por alto más de lo que me gustaría pero, afortunadamente, tengo una hija de cinco años que es una experta en mirar y descubrir. No hay tarde que no salga a pasear con ella en la que no me descubra algo nuevo, gracias a su capacidad siento que yo voy mejorando mi propia mirada.

      Saludos cordiales,

      Isra